Este texto pretende atenerse a lo que encontramos en la obra de Carlos Busqued publicada en vida, sobre todo en sus dos libros, que es el material que conforma su obra de manera voluntaria y reúne sus obsesiones, insistencias y temas más transitados. Tanto Bajo este sol tremendo (2008), su libro debut de ficción, como Magnetizado (2018), su incursión en la no ficción, fueron publicados por Anagrama, acaso el sello que marca una consagración en el mundo de las letras y en el mercado hispanohablante. La de Busqued, un ingeniero reacio a todos los escalafones de la rosca y la endogamia literaria, fue una anomalía en el pequeño mundo de escritores y aspirantes a quienes no les queda otra que emprender “el camino del héroe”. 

Su posición de outsider —asignada por defecto, sí, pero también defendida con convicción— es la posición que, en primer lugar, también ocupan sus personajes principales. Hay algo común que los atraviesa, incluso dando por válidas las diferencias de estatus, los matices y caracterizaciones: tanto Cetarti como Duarte, tanto Danielito como Melogno, todos ellos perciben la realidad con cierto extrañamiento. Como si la vida pasara por otro lado o como si ellos habitaran y conformaran otro lugar, que puede ser un margen, un borde de lo social, un espacio fuera de la ley, una unidad psiquiátrica o directamente otro mundo dentro de su cabeza, como refiere Melogno en sus testimonios.

Por esta particularidad perceptiva, por ese desapego de lo real —cuyo origen puede ser un porro de alto voltaje o una desregulación psíquica indeterminada—, los personajes se encuentran en una suerte de estado de excepción. En ese sentido, ellos no son ni se consideran parte del sistema pero sí pueden ser leídos como su esperable resultado. Estos tipos parecen habitar un borde de las cosas, un espacio liminal, donde la interacción con “el mundo real” es puramente especulativa, transaccional, de subsistencia; ya sea por malvender un auto, comerciar chatarra, secuestrar a una vieja y pedir rescate. El dinero aparece no como salvación sino como vía de escape del sistema y el trabajo, de la vida normada y el hombre domesticado. Los personajes de Busqued son solitarios, tienen conductas antisociales y además comparten ciertas obsesiones: la acumulación de objetos y, en todos los casos, el consumo presente o pasado de marihuana.

Melogno, el magnetizado, acumula los DNI de los taxistas que asesina a sangre fría en las orillas de la ciudad y luego, en la cárcel de Caseros, construye un altar con diferentes elementos que sus compañeros le entregan porque lo vinculan con cierta cuestión mágica, espiritual. Los altares de Ricardo serían, en este caso, una forma de acumulación sagrada, sí, pero también un acopio de poder en un lugar donde se vuelve imprescindible para sobrevivir. Los presos respetan, consultan, consideran jerárquicamente a Melogno.

Por otro lado, en Bajo este sol tremendo, podemos ubicar a Duarte, mano de obra resaca de las fuerzas represivas de la dictadura militar, que colecciona VHS de pornografía hardcore junto con maquetas de aviones de guerra. Después tenemos a Cetarti que, si bien no colecciona nada en particular, una vez instalado en la casa de su hermano muerto, se fascina como un museólogo con la acumulación de objetos y empieza a agruparlos, seleccionarlos, catalogarlos: bichos en un cajón, revistas de divulgación, partes de electrodomésticos y otros objetos inservibles. Para sumar a la saga, está Danielito, un pibe que colecciona muertos: las cenizas del padre, las del hermanito exhumado que se llama igual que él y luego las de la madre. También embala y conserva los cuerpos de los perros a los que disparó y mató. Se deshace de todo, eventualmente, de una forma bastante desafectada como si no le concediera valor a eso que alguna vez estuvo vivo. Salvo los animales, a los que entierra, Danielito descarta las cenizas de sus familiares tirándolos al inodoro. Ahí, donde se va la mierda. 

Foto: Alejandro Guyot

La acumulación le da a estos personajes un sentido para unas vidas que no parecen tenerlo por ubicarse al margen de lo socialmente aceptable. Desde luego, es en el caso de Ricardo Melogno donde esto se trasluce con mayor claridad. Durante todo el tiempo que va de un ámbito de encierro a otro —considerado insano e inimputable o sano y responsable de sus actos dependiendo de qué lado de la General Paz se ubique— es objeto del sistema. Es una nuda vida, en términos de Agamben: una vida que no vale sino por su posibilidad de ser eliminada. Giorgio Agamben recupera para esto la figura del Homo Sacer, una persona que comete un delito grave y pierde su estatus legal dentro de la comunidad. Esta figura es paradojal: cualquiera podía matarla sin cometer homicidio ni recibir castigo legal; al mismo tiempo, no podía ser ofrecida a los dioses mediante un sacrificio religioso.

En Bajo este sol tremendo, los personajes se encuentran en este estado de excepción donde a nadie en la sociedad, ni siquiera a ellos mismos, le importa demasiado vivir o morir. De ese modo, también se vuelven objetos. El único que parece asumir un rol más activo, con cierta autoridad aprendida en las experiencias paraestatales, es Duarte quien, al secuestrar, vejar y matar, se asoma al abismo dentro de su propia excepción para ejercer algo que se parece al control, al mando. Él actúa sobre otros cuerpos, convertidos también en objetos, siempre fuera de la ley. Duarte parece no poder ni querer deshacerse de su saber milico, parece no reconocer los límites que dibuja la vida en democracia —o, por el contrario, parece reconocerlos perfectamente solo para poder violarlos.

Algo similar ocurre con el protagonista de Magnetizado, quien reconoce en sí mismo una situación de calma y poder luego de sus asesinatos. Ricardo se vuelve alguien dentro de su mundo, de su locura interior, pero también se vuelve alguien para los demás: para las autoridades que lo buscan, para los diarios que imprimen un identikit de su cara, para los taxistas que lo temen, para su hermano y su padre que lo entregan a las autoridades con pitos y cadenas. Es, por unos días, noticia: el hombre más buscado de la ciudad. Es, durante años, un enigma para la psiquiatría. El “pasaje al acto” de Melogno —una figura del psicoanálisis que refiere a la irrupción de algo que no puede seguir contenido y en la que no nos vamos a detener— le confiere estatus de persona. Al mismo tiempo, es lo que lo convierte en objeto de ahí en adelante. Otra paradoja.

Ahora bien, si atamos estas ideas a “Un mundo de Busqued”, la muestra exhibida en el Centro Cultural Recoleta, podemos ver en espejo el afán por el coleccionismo. La exposición se constituyó, en definitiva, como la colección de objetos que rodeaban a Carlos Busqued en su vida cotidiana, unidas por la imagen del calamar gigante, que funcionó como amalgama y reprodujo de manera alegórica y estetizada el recorte de diario que Cetarti pega en la pared de la cocina de la casa de su hermano.

Por otra parte, el asunto de “lo animal” insiste en la obra de Carlos. Quizás como metáfora de aquello que puede ser matado sin sanción, como metáfora de ciertos estados de ánimo o de la depresión, como sugerencia de que tal vez no hay tanta diferencia entre animales y hombres que no se ajustan a la moral, que desoyen lo que la sociedad les grita a la cara desde su nacimiento. En Bajo este sol tremendo, los animales raros aparecen constantemente como referencia: los cangrejos, el cascarudo venenoso, el axolote, los elefantes asesinos y la elefanta de circo torturada. En Magnetizado, en cambio, lo animal aparece más vinculado a lo religioso, a los sacrificios de gallos y gatos, pero también cuando Melogno dice de sí mismo que fue una cucaracha. En la muestra, esta frase de Melogno se consignó en la pared: “Yo fui una cucaracha. Y después un monstruo. Me gustaría ser una persona”. Lo animal representa una ontología que refleja los estados más bajos de lo humano. En todos los casos, los personajes que no terminan de constituirse como sujetos, son víctimas y victimarios de su propia animalización, de la animalización de los demás. Busqued fue precursor de Kafka, diría Borges, porque cada escritor crea a sus precursores al otorgarles una nueva posibilidad de lectura.   

Nos permitimos hacer un último paralelismo con la muestra respecto de esta arista de la obra de Busqued. Carlos, que era un sujeto de la escritura, un hombre encomendado a la imaginación, se convierte en este tiempo y en este espacio en objeto de consumo cultural. No quedan dudas que, donde sea que esté, debe haber odiado esta muestra y debe estar odiando estas palabras. A sus ojos, somos unos chetos que seguimos vivos e invocamos su nombre para regodearnos, sacar un rédito probablemente inexistente, en el mísero mundo literario. “Ensuciamos su obra” con lecturas, con relecturas, con palabras, pero Busqued nos respetó. No estamos seguras de que quienes pretenden blindar su legado, hormigonar una verdad sobre su obra, privarlo de su circulación, gocen del mismo privilegio.  

Uno de los gajes de que Busqued haya muerto es que, como todo mito, sigue vivo. Es il morto que parla a través de sus tuits oraculares, que también formaron parte de la muestra. Carlitos se convirtió en un escritor de culto, o mejor todavía, en un escritor maldito. Amo y señor de una obra cortopunzante, tajeó la carita lozana y bienintencionada de la literatura argentina. Sí, el malditismo, ese pequeño parnaso tercermundista al que no entra cualquiera.

Este escritor maldito no publicó en el mundo indie ni se autopublicó; como anticipamos, no hizo “el camino del héroe”, la peregrinación gris, cuando no miserable, para abrirse paso hacia la publicación. Saltó del llano al podio de Anagrama, lo que le dio acceso a la validación, a las traducciones, a las adaptaciones cinematográficas y, por supuesto, al resentimiento de sus pares. La singularidad de su escritura no estaba exenta de brillantez, y Herralde lo fichó. 

Pero la genialidad de la obra de Busqued es que retrata lo excepcional sin estridencias, sin rebusques, sin vanaglorias. Lo hace con la palabra justa, se abstiene de los juicios de valor, incomoda al límite al lector, a quien asfixia y oxigena en dosis precisas para sacarlo del otro extremo del libro habiendo sufrido una transformación. Carlos prescindió del cristal de la moral para modelar criaturas que se explican a sí mismas y borró de manera virtuosa la figura del autor. Enfocó la marginalidad no como una excepción sino como una ontología personal.

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Mariana Skiadaressis es Lic. en Letras por la UBA y autora de las novelas La felicidad es un lugar común (Entropía, 2018) y Siempre las sombras (Nudista, 2022). Cuando siente que tiene algo para decir, colabora en medios digitales. Además, trabaja en comunicación política para subsistir.

Paula Puebla es autora de Una vida en presenteMaldita tu eres y coautora, junto a Julia Kornberg, de Diario de un tiempo mesiánico (17 grises). También escribió El cuerpo es quien recuerda (Tusquets). Da clases de escritura en NN, hace clínica de obra y colabora en medios. En compañía de Victoria Sosa Corrales, es CEO de Vayaina Mag.


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